Diré en unas pocas palabras lo que entiendo por ciencia, lo que entiendo por científico. Primero diré lo que afirmo, de manera resumida, y, conforme vaya avanzando la discusión, conforme sea necesario a los fines de la argumentación, ofreceré mis pruebas, es decir, trataré de demostrar lo que he afirmado. Pido entonces paciencia, porque no todo se puede decir de una sola emisión. Así pues, diré lo que afirmo. Afirmo que la ciencia es demostración. Lo científico es lo demostrativo. Si afirmo algo, en filosofía como en ciencia, estoy obligado a ofrecer pruebas de lo que afirmado. Eso es lo propiamente científico. Probar algo significa establecer la necesidad y la universalidad de lo afirmado. Eso es lo propiamente científico. Afirmo también que la ciencia empírica (aquélla que se plantea como objetiva, en el sentido de que extrae por un proceso inferencial —al margen de cualquier subjetividad— las nociones con las que opera) es un mito. Afirmo también que este mito opera de manera práctica como una ideología. Sobre las nociones de mito e ideología habré de volver conforme se desarrolle el diálogo. Por ahora baste la tosca identificación de mito con lo inexistente y la de ideología con obstinación teórica al margen de pruebas. De esta manera, lo que afirmo es que la ciencia empírica no existe. Más aún, afirmo que la noción de ciencia empírica es una contradictio in adjecto, una contradicción en los términos. Afirmo que no existe porque, si ciencia es demostración, nada se puede demostrar apelando a experiencias particulares, sean del tipo que sean. Por último, afirmo que la filosofía es ciencia. Lo filosófico es lo demostrativo. Ciencia y filosofía, en la medida en que son saber, y saber demostrado, son nociones sinónimas. Esto es, pues, lo que afirmo. Ahora diré, para que no se piense que me doy aires de suficiencia, de quién dependo. Dependo en primer lugar de Hegel, directa e indirectamente, es decir, de las lecturas que he hecho de sus textos y de las lecturas que he hecho de otros autores sobre los textos de este gigante. Los autores aludidos son, principalmente, dos, de los cuáles también dependo, Carlos Pérez Soto y José Porfirio Miranda. He dicho los autores de los cuáles dependo para que no se piense que juego con cartas marcadas. Lo que yo diga será, en gran medida, una repetición de lo que estos autores dicen. Mi interés no es pasar por original, mi interés es poder expresar lo que pienso para darme cuenta de hasta qué punto he entendido y hasta qué punto no. Creo que con esto podemos comenzar un diálogo. Con lo aquí dicho me comprometo, aunque las demostraciones vengan de a poco. Te suplico entonces, querida Sara, que sigas el mismo procedimiento. Es decir, que digas lo que afirmas, que lo declares en positivo. Declarar en positivo quiere decir no que te aproximes, negando, a una afirmación, sino que afirmes. Después, critica mis afirmaciones, que yo haré lo propio con las tuyas.
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